LLAMADAS Y MENSAJES

Te dejo este mensaje en tu face porque no atiendes a mis llamadas, ni a mis WhatsApps, ni abres por lo visto tu buzón de correo electrónico. No sé por qué no me puedo hacer contigo. Te aviso para que mires los mensajes en tu móvil. ¿Qué, demonios pasa? Tenemos una cita, ¿no? Pues la hemos de cambiar. Vuelve mi marido de su viaje justo esta noche. Me había comprado un tentación porque sé que te va a volver loco. Pero lo he tenido que esconder por si él la descubre y cree que es para seducirle. ¡Porfa! Contesta sin falta, no puedo acudir… y me deshago de ganas, voy a embrujarte como nunca, ansío tu google+3 para que penetres la carpeta “sex”. ¡Mira todos los mensajes! Cuando veas algo mío en tus redes, bórralo de inmediato, no sea que la loba que tienes en casa lo descubra y se arme la marimorena.

No hubo contestación, la mujer del destinatario del mensaje echó una mirada sobre el móvil de su marido olvidado en el baño.

 

 

LA MALETA

He cogido la maleta, está llena de peso inútil

suspiros del ayer,

ya nada importa demasiado

languidece el devenir

los caminos están obstruidos:

piso la sal gruesa para limpiar

mis suelas sin alas.

 

Me detengo ante la estación

el viaje no promete

mas lo estático tiene que morir.

El traslado a otro lugar no cambia la vida

soy mis células y mi maleta

los libros son imágenes perdidas

entre bosques de estantes

el viento ahoga sus baldas partidas

las mañanas se desvinculan.

 

Busco la fábula

en la cocina de los dichos

terminan de elaborar

el entramado de las casas desahuciadas

sin comienzo de hilatura,

los justos marcharon

hacia otros horizontes,

sigo con la maleta del peso inútil

buscando destino.

LA SEÑORITA MALLEY

Dicen que la señorita Malley, entrada en años, murió de pena porque su novio nunca volvió de la guerra del Vietnam. Eso no es verdad, contestó otra vecina. Murió porque su corazón no aguantó los muchos kilos de más. Se pasaba la vida comiendo lo que le traían cada día del supermercado. Ella nunca salía. Y nadie del barrio recuerda ningún novio soldado. Así que lo que dicen es pura invención de gente desocupada.

Discutieron sobre eso y aquello mientras abandonaban caminando el cementerio y nadie se percató de que ningún otro habitante jamás se ocupó de la señorita Malley. Sabían que vivía sola en la calle Lonelyness número 13 de Blackhills. No tenía siquiera mascotas, pero el repartidor de periódicos pasaba cada mañana a dejarle un ejemplar en el buzón. Cuando llegó la ambulancia ya era demasiado tarde. Se rumoreaba que todavía fue ella la que llamó a la policía para pedir auxilio.

Unas semanas después la casa fue ocupada por unos parientes lejanos que se dejaban ver a menudo, saludando con simpatía a la comunidad. El secreto de la vida de la señorita Malley y su fallecimiento quedó enterrado bajo una preciosa lápida de mármol.

EL CARTEL

Solo le gustaba la publicidad visual. Era analfabeto, pero no tonto. Por eso el trasero de esa chica rubia despertaba su apetito sexual. Cada sábado miraba el anciano si todavía colgaba el cartel con esa atractiva imagen. Después de ver cumplida su expectativa volvía contento a casa donde le esperaba María, su mujer.

 

NADAR VOLANDO

Nadaba de espaldas en el mar cerca de un espigón cuando vi a lo lejos un parapente volando a lo loco como sin conductor. Hacía viento y el aire lo guiaba a su capricho. Ya se elevaba, ya bajaba. Se acercaba con pasmosa velocidad, proyectaba su sombra sobre mi cuerpo y pude comprobar que, efectivamente, el asiento estaba vacío.  Si bajara un poco más, pensé, me agarraba a él. Nunca había estado en un artilugio de estos. Teniéndolo tan cerca, sentía unos deseos irrefrenables de volar. Alcé los brazos para sujetarme a las cuerdas, al menos tener dominio sobre ellas, cuando alguien invisible me agarró y una sensación de vacío estomacal comparable al despegue de un avión, me izó para tomar asiento en el sillín del parapente. Aún me mareé más cuando me percaté de que el hombre a mi lado sonreía para desaparecer entre nubes y yo salté como pude de nuevo al mar. Nadie me creyó, por eso lo dejo escrito en este espacio para constatar de que el cielo existe.

AGUAS QUIETAS

Poso mi mirada

sobre el reflujo eterno

bordeado de musgo y troncos rotos

la poso sobre el extraño baile de mil peces

nacidos en aguas sin olas

peinan la corriente con abundante cabello

quiero entender su idioma tridimensional

vertido sobre guijarros.

 

Solo el venado te absorbe cuando bebe

tu savia perfumada

el hombre acecha y se ahoga

en sus propios defectos

ignorante de tu melodía y desazones

se regocija en sí mismo y envidia

tu singular fuerza de lo inabarcable.

ENERO

Enero vislumbra sin saber el principio

el viento levanta las seseras

camino entre medias verdades y

el mundo no enmienda camisas rotas.

 

En enero puede terminarse todo, ¿cómo no?

sin apenas haber comenzado el alba bronce

su hielo vendrá adherido a las alas

de los mirlos perdidos

 

No sé mi destino, solo vago entre ladrillos

de la ciudad perdida bajo nubes hinchadas

y quisiera escupirte todas tus noblezas

romper mis pasos y amanecer desnuda

 

Ese símbolo contenido en la A, en el número uno

no entiendo de emociones matemáticas

ni de letras retorcidas como tu alma

busco el lago calmado sin lorigas de tus palabras

 

Mis fauces dibujadas sobre cientos de hojas

no hacen desaparecer tu lodazal sin barro

esculpido en piedra filosofal con sarmientos de edades:

enero nunca fue un buen lugar de acogida.

 

 

 

SUEÑOS BAJO TIERRA

Tras semanas de vertiginosos sueños con aquella joven a la que no se atrevió a hablar, decidió que ese martes no pasaría sin invitarla a tomar algo. Bajó las escaleras del metro corriendo. Se le aceleró el pulso pensando en ella, en qué decirle. Ansiaba verla esperar el convoy. Oyó el chirrido metálico sobre los raíles cuando la vio entre el gentío abrazada a un hombre alto que la besó con pasión. Entrelazadas las manos entraron al vagón. Él se desplazó hacia otro departamento para evitar la mirada de ella sobre su compungida cara.