MALDITA POLAROID

Como cada año entre primavera y otoño me instalé semanas atrás en la casita junto al mar de mi pueblo. Mis antepasados erigieron una barraca que con el tiempo se convirtió en mi casita. No eran los únicos del lugar que se acercaron a la playa para hacerse una segunda vivienda, pues solía huir la gente del calor sofocante del pueblo. Fue la razón por la que mis padres se criaron en la mar. Tuve la suerte de pasar los meses estivales allí, siendo niño. Jugaba en la orilla, hacía castillos de arena, andaba sobre piedras redondas y con el tiempo incluso llegué a pescar alguna mabra, algún cabút o despegar clótxinas de las rocas. Todavía me gusta andar sobre los espigones, sentarme en la punta más lejana y observar las olas cuando con sus lengüetazos espumosos abrazan los pétreos obstáculos.

Salgo a la orilla nada más levantarme, a balancear mi cuerpo sobre las rocas, a escuchar el ritmo inefable del oleaje. Me atrae, me embruja y me une al cosmos de un modo mágico. Las horas matinales tienen un algo celestial, cuando la gente todavía se encuentra entre sábanas. Solo algún pescador eventual tiende su red sobre las olas en la orilla, lo llaman tirar el rall. Cuando el sol aparece como una bola gigantesca de color naranja sobre el horizonte, se tiñe todo de una bruma que dura segundos, pero esos segundos son de puro bronce.

Suelo hacer ejercicios suaves o meditar, a veces ocurren cosas. Cosas extrañas. Como esta mañana, con algo de fresco. Sentía la humedad sobre mis sienes y tuve una visión tan verídica que no podía parecerse a un ensueño. Mi vista se fijó en el horizonte como tantas otras veces. Intentaba no pensar en nada, en completa actitud meditativa, cuando de pronto me apareció toda una ciudad sobre la línea divisoria entre el cielo y el mar. Me restregaba los ojos. Mas la ciudad no desaparecía. El contorno era desigual, con rascacielos, casa más bajitas, con movimientos en las calles. Parecía un paseo marítimo y me toqué la cara con ambas manos para darme cuenta de que no estaba durmiendo. Tampoco era el perímetro de la piscifactoría cuyos cuidadores solían trasladar las redes de cuando en cuando para cambiar la posición. Veía claramente casas, fincas altas y más bajas y quedé imantado: quieto a pesar de la revolución interna del descreimiento. Pero mis ojos eran ojos auténticos, vivos, míos, no eran de cristal y veían.

La visión duraba mucho: tanto que me cansé de estar sentado en la misma posición sobre la roca. Al levantarme se difuminó la imagen hasta desaparecer. Mañana tengo que llevarme una toalla como cojín, pensé, mañana repetiré la experiencia, me llevaré la polaroid y así podré contar esa vivencia y demostrarla.

No pude, la embrujada polaroid me falló tantas veces como intenté captar lo que mis ojos vieron: una ciudad entre brumas matinales. Capitulé ante el ojo de la cámara que parecía burlarse de mí y de mi vista. ¡Maldita polaroid!

 

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