NADAR VOLANDO

Nadaba de espaldas en el mar cerca de un espigón cuando vi a lo lejos un parapente volando a lo loco como sin conductor. Hacía viento y el aire lo guiaba a su capricho. Ya se elevaba, ya bajaba. Se acercaba con pasmosa velocidad, proyectaba su sombra sobre mi cuerpo y pude comprobar que, efectivamente, el asiento estaba vacío.  Si bajara un poco más, pensé, me agarraba a él. Nunca había estado en un artilugio de estos. Teniéndolo tan cerca, sentía unos deseos irrefrenables de volar. Alcé los brazos para sujetarme a las cuerdas, al menos tener dominio sobre ellas, cuando alguien invisible me agarró y una sensación de vacío estomacal comparable al despegue de un avión, me izó para tomar asiento en el sillín del parapente. Aún me mareé más cuando me percaté de que el hombre a mi lado sonreía para desaparecer entre nubes y yo salté como pude de nuevo al mar. Nadie me creyó, por eso lo dejo escrito en este espacio para constatar de que el cielo existe.

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