ESPERANZA

Él esperaba sentado en uno de los asientos de la sala llena de gente con a saber qué historias angustiosas de cada cual. Había venido con ella en la ambulancia, se la habían llevado corriendo al quirófano dado la gravedad de su estado. Tirarse desde un cuarto piso significaba una muerte segura, pensaba él cuando la empujó. Llamó al 112 para protegerse, dejó la comida sobre el fogón pequeño como coartada. Desde hacía dos horas recorría nervioso el largo pasillo arriba y abajo, hasta que se obligó a sentarse. Aguardaba impaciente el informe médico con la esperanza de ver la cara apenada del cirujano.

El doctor, todavía vestido de verde, le llamó con una amplia sonrisa:

-Prepare champán, la vida de su señora no corre peligro aunque nunca va a ser la misma de antes. Hemos tenido suerte, le doy la enhorabuena. Acompáñeme, ya está en planta cuatro.

Ella parecía estar todavía bajo los efectos de la anestesia. Pero su cara era otra. Se parecía, sin embargo había cambiado. Al mirarla sin reconocerla del todo, el cirujano dijo que habían tenido que hacerle una cirugía plástica facial de recompensación por lo destrozado que había tenido el rostro.

Desde el umbral de la habitación un desconocido le invitó a seguirle para un interrogatorio.

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