UNA BODA ORIGINAL

 

 

Apenas tenía catorce años cuando comprendí que dentro de mí algo estaba en guerra. Primero creí que era una manía contra mi madre, que siempre se metía conmigo. Luego pensé que era Felipe porque cuando estaba cerca, me hacía vibrar y me quitaba la respiración. ¡Dios, qué guapo era Felipe! Un morenazo cuya piel se volvía más atezada si cabe, por el incipiente vello que pronto se convirtió en barba. Cuando me miraba me derretía como un helado al sol de agosto. En la clase de educación física nos retamos, en el parque buscamos el banco más escondido y cuando ambos estábamos perdidamente enamorados, le destinaron a su padre a otra ciudad y con él se marchó toda la familia.

El desconsuelo me duró mucho tiempo. Ya en la universidad tuve otro pretendiente, Manolo, que me hizo olvidar por completo a Felipe. Hasta acabar la carrera éramos inseparables, nos prometimos amor eterno y estábamos muy convencidos de ello. Nos apoyamos mutuamente con nuestros estudios hasta que Manolo quiso hacer un máster en Estados Unidos. Yo no podía seguirle y nos escribimos hasta que comprendí que algo fallaba.

En la actualidad, mis amigas están todas casadas y con hijos. Cuando me junto con ellas agradezco a la vida el no tener que aguantar a una prole mocosa y a un marido gruñón como el de Mari, o un exigente obseso sexual como el de Isa. Todo lo que oigo por boca de ellas me hace sentir satisfecha con mi soltería. Mi madre me reprocha a menudo que si sigo así, serviré para vestir santos. Si ella supiera… tal vez para vestir amantes, esos fabulosos compañeros de cama que yo elijo. Tengo muy claro que no quiero caer en la trampa de ser propiedad de nadie. Es más que suficiente tener que aguantar a un jefe gordinflón con apetitos sensuales desbordantes, al que tengo que frenar como pueda. Me molesta hasta su voz cuando dice “señorita Margarita, venga a mi despacho, por favor”, o cuando mis subalternos me llaman “señorita Margarita”.

¡Qué porras de señorita, ya he cumplido cuarenta y dos años! Estoy justo a mitad de mi vida según las estadísticas, no soy ninguna adolescente ni jovencita, quiero que me llamen “señora”. Porque me siento señora con todas las de la ley. He alcanzado un alto nivel profesional, muchos cuchichean a mis espaldas “esa va para presidenta”. Me complace esa opinión.

Mis diferentes hombres, seleccionados con ojo clínico, me adoran por no comprometerlos en absoluto. No quiero noviazgos. Soy imperativa y sé lo que busco en un varón para un tiempo determinado.

Me he enterado, de que las leyes cada vez se modernizan más, y que en la actualidad es posible casarse con una misma. Mi ventaja es que me quiero muchísimo. Me adoro y malcrío. A menudo voy pensando en el asunto y mi ilusión crece hasta alturas impensables. ¡Ostras, casarme conmigo misma! ¡Qué pasada! Me vestiré de blanco inmaculado, me invito a un banquete descomunal, no, lo del banquete no, porque siempre me sientan mal las comilonas. Pero me buscaré alguien muy especial para mi noche de bodas, tal vez un alto mando de la Otan, de esos que están destinados en Afganistán, o Siria… Entre los cargos militares superiores yanquis abunda la búsqueda de féminas europeas dispuestas y que no sean de pago. Hay un tipo que se comunica con medio mundo, siempre con mujeres mayores. Lo sé porque he seguido su pista informática tras pedirme amistad a través de facebook. No me será difícil entrar en su juego o en el de otro. Descubrí hace unos días que hasta mi madre se chatea con uno de esos, hay que ver las cosas que se dicen…

Uf, me imagino la noche de bodas con un condecorado lleno de medallas, y él sin saber que es mi boda… va a ser el enlace más original de todas las nupcias conocidas.

Tengo todavía varias dudas: ¿invitaré a mis amigas, a mi madre? Un casamiento es un acto social, pero hasta la voluptuosa Anitita Ekkeberger se desposó en Las Vegas en secreto, yo también puedo hacerlo. ¿Y qué mejor que conmigo misma? La alianza la quiero en tres colores, y pobre del que me llame “señorita” después de mi matrimonio. Disfruto ya de antemano cuando les plante cara a todos con mi propio libro de familia. ¡Olé, vivan las señoras singles, y yo con ellas!

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