MEDIO KILO DE SARDINAS

Florentino era del signo de piscis. Se había quedado en el paro, justo pocas semanas después de que alquilaran, él y María, la pequeña casa amueblada cerca de Porto Pi para estar más cerca del trabajo de ambos. Él lo perdió muy pronto, su mujer tuvo más suerte.
Un día Florentino descubrió en el cuarto trastero una vieja y polvorienta caña de pescar. Jamás la iba a utilizar, no era hombre de costumbres que exigen paciencia. Pero ese día no sabía dónde poner su cuerpo y había visto en la minúscula cala una roca de superficie llana a modo de plazoleta y sobre la que solían colocarse unos cuantos pescadores. Ellos tan concentrados siempre, soltaban de cuando en cuando un comentario y él pensó que era una buena manera de distraerse.
Lo había observado cuando alguna tarde nadaba en aquella playita. Pero uno no puede estar siempre nadando, pensó. Hay que hacer otras cosas. Pescar no era mala idea, así tal vez podía llevar algún lenguado a casa y María se alegraría.
Marchó a comprar unas sardinillas como cebo, cogió medio kilo para tener bastante por si llenaba el cubo con peces. Poco a poco su ánimo subía y limpió por encima aquella vieja caña. El sedal parecía bueno, hasta tenía un anzuelo enganchado. Todo eran facilidades. Se puso el bañador y la gorra de marinero que le regaló María cuando eran novios. Se llevó una toalla por si se daba un chapuzón y silbando dejó la casa atrás. Solo tenía que cruzar la carretera para llegar a su destino. Cruzó la calle animado.
No había nadie todavía sobre la roca y dejó contento en la superficie el cubo para llenarlo con la pesca, colocó la toalla enrollada y jaleó la caña para atrás como había visto que hacían los pescadores para darle fuerza al lanzamiento. No le disgustó la maniobra y se fijó en los movimientos del agua, pero el sedal no daba señales de éxito. Lo sacó para ver si el trozo de sardina todavía estaba intacto. Pues no, algún pez despabilado se había hecho con él. Colocó la segunda mitad de la sardina en el anzuelo. De nuevo se puso en postura para embestir el aire con fuerza y perseguir con la vista el resultado. Notó la presencia de alguien, se giró e hinchó el pecho. Una turista en bikini extendió una toalla y se tumbó para tomar el sol. Volvió a concentrarse, dejó la barriga en cómoda posición y esperó un buen rato sin que notase ningún movimiento del corcho. Sacó de nuevo la caña, otra vez se habían comido la sardina sin tragarse el anzuelo. Bueno, ya se fastidiarían los peces cabrones y listos, a él le quedaban muchas sardinas y en algún momento se tragarían hasta el plomo. Colocó otro trozo de sardina, esta vez de manera que al pez le fuera difícil no tragarse el anzuelo. Postura, impulso y ¡zas!
La turista se levantó ofendida, pues el trozo de sardina le había llegado al ombligo y le pidió tener más cuidado. Ella le vociferaba en mallorquín, o sea, no era turista ni nada. Era él que no entendía apenas el mallorquín, porque era de Albacete y no hacía mucho desde que había encontrado el trabajo de camarero en Porto Pi. Pidió perdón y cambió el ejercicio. Dejó caer sin impulso el hilo con el trozo de sardina y al minuto algo estiró. Tiró emocionado del sedal que tenía una cierta rigidez. Pero no lo podía sacar, tensó con un poco más de fuerza, pensó que se trataba de una pieza grande y se asomó peligrosamente para ver qué pasaba. No distinguió nada.
Llegaba más gente con cubos y cañas y Florentino empezaba a ponerse nervioso. Tenía que sacar el sedal como fuera y se dio cuenta de que estaba enganchado a un saliente de la roca. Con movimientos nerviosos que manifestaban su irritación logró al fin desenganchar el hilo y subirlo. Ni rastro de la sardina, ni siquiera del anzuelo. Desconcertado se hizo el disimulado, pues no había previsto tal fracaso y no llevaba repuesto. Así que pidió a un pescador viejo un anzuelo, le dijo que luego se lo devolvería, porque no llevaba el monedero encima para comprarlo.
Con una sonrisa irónica el viejo le cedió uno con un gusano enganchado y le dijo que tirara las sardinas al mar, que no era el cebo aconsejable. Porque al tirar las sardinas, acudirían los peces que a todos les beneficiaría. A él le parecía más inteligente llevarlas a casa, por si no pescaba nada, porque con un gusano poco podía pescar, pensó. Se fijó en cómo lanzó el viejo la caña e imitó la acción. De nuevo estiró algo con mucho peso, de nuevo se asomó para comprobar que no se hubiese enredado el anzuelo a la roca. Esta vez no, esta vez sería por lo menos un atún el que tiró del sedal y asomándose al máximo, perdió el equilibrio y cayó al mar con la gorra de marinero puesta.
Salió a flote de forma más o menos digna y sin gorra, entre aplausos y casi medio kilo de sardinas muertas a su derredor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s