AÑOS ROBADOS

Ya no me escondo en los parques
ya no temo a los agentes camuflados,
ya no me espantan las palizas y vejaciones
ya no me insinúo en los urinarios
soy uno de vosotros, gais,
pero he envejecido.

Mis carnes arrugadas gritan soledad
tras tantos años colmados de sustos
de escondites inverosímiles.

Mi padre me evitaba entre vergüenzas
yo buscaba amistad con desespero,
una mano tendida…
Una mirada comprensiva
me regaló mi madre en la sombra
cuando me abrazaba pudorosa
escondida, ella lloraba mi oculta condición.

Ahora ya no me desprecian mis hermanos
por haber estado encarcelado
por vago, por maleante sin malicia
ya puedo salir a la calle sin temor.

Pero reclamo mis años robados
curar mi tiempo arañado con crueldad.
Estoy abatido, soy un viejo solitario
que necesita compasión, tolerancia,
respeto por haber nacido
hombre sintiéndome alternativo.

FADRAH

La pequeña Fadrah se escondió en el regazo de su hermano Jalid. Este estaba muy serio. Algo había pasado que ella no entendía. Desde antes de la travesía, su mundo se había roto en mil pedazos. No durmieron ya en ninguna casa, y el oleaje de aquel lago tan inmenso se agitaba. La barca hinchable en la que viajaron con muchos desconocidos se balanceaba. Allí su único equipaje era el hambre y el miedo. Habían estado hacinados como granos de arena en una playa. Jalid no hablaba, solo miraba con ojos llenos de irritación y alarma. Arribaron a otra tierra y separaron a los hermanos. Jalid quiso proteger a su hermana, no dejarla abandonada pero alguien lo redujo y Fadrah quedó sola entre muchos extraños. Una mujer de piel oscura se apiadó de ella, le ofreció la mano y su calor. Pero Fadrah se escapó para correr hacia la valla metálica y ver de nuevo el mar. Puso su carita contra el metal, la apretó cada vez con más fuerza, no se atrevió a girarse. No quiso comprobar que Jalid no estaba cerca. Solo tenía cuatro años llenos de soledad. Intuyó que llorar no remediaba, por eso puso su carita contra la valla. Era el único contacto donde agarrarse. El metal era frío, sus pequeños puños quedaron agarrotados contra la malla. Antes de caer al suelo pensó en su madre. Quería que las olas la devolviesen al otro lado para poder abrazarla.

¿IMPORTA EL CONTINENTE O EL CONTENIDO?

Tenía la costumbre de ocupar cierto banco en el pequeño parque enfrente de la oficina donde luchaba cinco veces por semana durante ocho horas entre documentos, papeles y contabilidades. Apenas tenía tiempo para comer. Llevaba mi bocadillo preparado desde casa, lo saboreaba en el parque para salir un momento del despacho y ver la luz natural de los cielos cambiantes.
Hacía unos días que un ser en silla de ruedas atravesaba el parque para cazar unos rayos de sol o un poco de oxígeno como yo. Se trataba de un joven de unos treinta y tantos años sin piernas. A fuerza de vernos casi a diario, nos saludamos y un día le invité a compartir la fruta de mi postre. Con una sonrisa encantadora aceptó y entramos en conversación.
Cuando llegó el verano ya nos considerábamos amigos a pesar de la brevedad de nuestras charlas. Porque yo solo disponía de veinticinco minutos. Debajo de su camiseta de algodón se percibía una diferencia en el tamaño de los pectorales. Uno de los pechos era más abultado que el otro. Me hacía gracia, ya que a muchas mujeres nos suele ocurrir. Pero él no tenía ningún indicio de ser afeminado. Al contrario. Yo tenía ya un incipiente temor de enamorarme del joven inválido, cuya conversación me resultaba muy interesante. Evidentemente se trataba de una persona inteligente con estudios superiores. Y guapo. Muy guapo con sus ojos azules que me parecían fiordos profundos. Era un ávido lector y se interesaba casi por todos los temas. Yo le escuchaba, mi vida era tan poco atractiva que no tenía mucho que contarle. Él me hablaba algunas veces de la guerra en Irak, de la mina que se enzarzó con sus piernas, de lo terrible que fue el asalto al museo arqueológico con los tesoros que ya únicamente se pueden ver sobre el papel, de su interés por la historia de la humanidad. Poco a poco no me podía resistir a la tentación de poner mi mano sobre su brazo. Un día nos besamos y nuestros pechos chocaron. Algo inexplicable ocurrió en nuestras apreciaciones. Me quedé confusa como una colegiala, él cogió mis manos y me preguntó si le permitía quererme. Si no me importaba tener un novio inválido. Tuve que llorar pero le prometí que le contestaría cuando estuviese preparada. Él entendía que pudiera tener mis dudas al respecto. Creí ver tras su frente el convencimiento de que me podía horrorizar al verle desnudo con sus muñones en los muslos. No dormí en toda la noche. Pensé ofrecerle un tiempo a prueba, a ver qué daba nuestra relación de sí. Aún eso me parecía cruel, hasta demasiado hiriente. Claro, su cuerpo no era ningún regalo, un pecho algo hinchado, casi femenino, las piernas cortadas, pero finalmente me concentré en la visión de su cara, de su mirada. Pensé que valía la pena intentarlo, porque detrás de sus ojos se encontraba el verdadero valor. Detrás de su teta hinchada albergaba un gran corazón, un alma sin mutilación, indivisible.
Al día siguiente trabajé de forma automática. Esperaba la hora de mi pausa para comer y salir al parque. Le diría que sí. Tenía ya mi ánimo subido y el bocadillo preparado. Me senté, como siempre, en el banco esperando verle girar por la entrada norte, bajar por la rampa y comencé a comer. Nos aguardaba un postre especial. Le iba a decir sí quiero. Había pasado un buen rato, miré el reloj, era casi hora de volver a la oficina y mi amigo seguía sin aparecer. Me di cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera su teléfono, tampoco su dirección. Solo quedaba esperar el día siguiente.
Pasaron muchos días siguientes, no volví a verlo. Ahora la mutilada era yo. De pronto me faltó ese algo que llena la vida, había perdido un amor. No volví a sentarme en aquel banco del pequeño parque. Su recuerdo me ahogaba y pedí un traslado a otra oficina en el extremo opuesto de la ciudad. Para mi desgracia, no me lo concedieron. Todo me iba mal, hasta que un día mi jefe me llamó a su despacho. Asustada me dirigí a la amplia oficina y nerviosa toqué con los nudillos a la puerta. Me abrió el mismísimo director con una amplia sonrisa.
−Pase usted, señorita Geraldine, le ruego que atienda al coronel Brown que necesita entrevistarse con usted. Yo volveré dentro de unos minutos cuando usted termine con su cometido.
Extrañada por lo inusual de la petición me giré para ver quien era el coronel Brown y qué se esperaba de mí. Estupefacta vi a mi amigo del parque. Estaba sin silla de ruedas, derecho. Me pareció muy alto, se acercó con dificultad y movimientos robóticos.
−¿Podrá perdonar mi larga ausencia? Verá, minutos después de nuestra última conversación me llamaron de Washington para confirmar que ya estaban listas mis prótesis de piernas, que era imprescindible quedarme un mes para adaptarme. Tal vez pueda comprender que lo más importante tras estar condenado a la silla de ruedas, ha sido para mí ser de nuevo un homo erecto. Así que cogí el primer avión disponible. Fue entonces cuando me di cuenta de que no nos habíamos intercambiado nuestros respectivos teléfonos. Yo solo sabía que usted trabajaba en una oficina de los grandes edificios que rodean el pequeño parque y gracias a mis contactos con los servicios secretos pude poner en marcha la maquinaria de la búsqueda a través de un retrato robot. Espero que no le sepa mal que haya hecho mano a tal pericia, pero tenía un interés vital por encontrarla. Aquí estoy para ofrecer mi persona a todo lo que usted pueda desear. ¿Me aceptará como novio?
Con ojos húmedos por la emoción y sin poder articular palabra alguna me acerqué a él, me dejé abrazar y le hice saber que me sentía feliz haber sido encontrada.

SILENCIO MUSICAL

Hay placeres tan sutiles que logran un dulce delirio bajo la piel de mi amante. Me gusta que lo sienta cuando mis dedos recorren como abanicos de seda su atlas corporal. No necesito artilugio alguno, mi desnudez basta para ser vibrador haciendo aflorar aquellas imágenes y sensaciones que tanto le complacen y le hacen gemir de exaltación. Proyecto miradas aterciopeladas sin pestañear cuando acerco con lentitud los imanes de mis yemas sobre sus pezones de hombre neutro. Es allí y no entre sus piernas donde su sensibilidad alcanza la nota más alta de emoción desde que se sometió a la cirugía para agradarme aún más. Se lo premio con las alas de mis dedos y demás herramientas corporales que nos originan un adictivo silencio musical.