¿IMPORTA EL CONTINENTE O EL CONTENIDO?

Tenía la costumbre de ocupar cierto banco en el pequeño parque enfrente de la oficina donde luchaba cinco veces por semana durante ocho horas entre documentos, papeles y contabilidades. Apenas tenía tiempo para comer. Llevaba mi bocadillo preparado desde casa, lo saboreaba en el parque para salir un momento del despacho y ver la luz natural de los cielos cambiantes.
Hacía unos días que un ser en silla de ruedas atravesaba el parque para cazar unos rayos de sol o un poco de oxígeno como yo. Se trataba de un joven de unos treinta y tantos años sin piernas. A fuerza de vernos casi a diario, nos saludamos y un día le invité a compartir la fruta de mi postre. Con una sonrisa encantadora aceptó y entramos en conversación.
Cuando llegó el verano ya nos considerábamos amigos a pesar de la brevedad de nuestras charlas. Porque yo solo disponía de veinticinco minutos. Debajo de su camiseta de algodón se percibía una diferencia en el tamaño de los pectorales. Uno de los pechos era más abultado que el otro. Me hacía gracia, ya que a muchas mujeres nos suele ocurrir. Pero él no tenía ningún indicio de ser afeminado. Al contrario. Yo tenía ya un incipiente temor de enamorarme del joven inválido, cuya conversación me resultaba muy interesante. Evidentemente se trataba de una persona inteligente con estudios superiores. Y guapo. Muy guapo con sus ojos azules que me parecían fiordos profundos. Era un ávido lector y se interesaba casi por todos los temas. Yo le escuchaba, mi vida era tan poco atractiva que no tenía mucho que contarle. Él me hablaba algunas veces de la guerra en Irak, de la mina que se enzarzó con sus piernas, de lo terrible que fue el asalto al museo arqueológico con los tesoros que ya únicamente se pueden ver sobre el papel, de su interés por la historia de la humanidad. Poco a poco no me podía resistir a la tentación de poner mi mano sobre su brazo. Un día nos besamos y nuestros pechos chocaron. Algo inexplicable ocurrió en nuestras apreciaciones. Me quedé confusa como una colegiala, él cogió mis manos y me preguntó si le permitía quererme. Si no me importaba tener un novio inválido. Tuve que llorar pero le prometí que le contestaría cuando estuviese preparada. Él entendía que pudiera tener mis dudas al respecto. Creí ver tras su frente el convencimiento de que me podía horrorizar al verle desnudo con sus muñones en los muslos. No dormí en toda la noche. Pensé ofrecerle un tiempo a prueba, a ver qué daba nuestra relación de sí. Aún eso me parecía cruel, hasta demasiado hiriente. Claro, su cuerpo no era ningún regalo, un pecho algo hinchado, casi femenino, las piernas cortadas, pero finalmente me concentré en la visión de su cara, de su mirada. Pensé que valía la pena intentarlo, porque detrás de sus ojos se encontraba el verdadero valor. Detrás de su teta hinchada albergaba un gran corazón, un alma sin mutilación, indivisible.
Al día siguiente trabajé de forma automática. Esperaba la hora de mi pausa para comer y salir al parque. Le diría que sí. Tenía ya mi ánimo subido y el bocadillo preparado. Me senté, como siempre, en el banco esperando verle girar por la entrada norte, bajar por la rampa y comencé a comer. Nos aguardaba un postre especial. Le iba a decir sí quiero. Había pasado un buen rato, miré el reloj, era casi hora de volver a la oficina y mi amigo seguía sin aparecer. Me di cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera su teléfono, tampoco su dirección. Solo quedaba esperar el día siguiente.
Pasaron muchos días siguientes, no volví a verlo. Ahora la mutilada era yo. De pronto me faltó ese algo que llena la vida, había perdido un amor. No volví a sentarme en aquel banco del pequeño parque. Su recuerdo me ahogaba y pedí un traslado a otra oficina en el extremo opuesto de la ciudad. Para mi desgracia, no me lo concedieron. Todo me iba mal, hasta que un día mi jefe me llamó a su despacho. Asustada me dirigí a la amplia oficina y nerviosa toqué con los nudillos a la puerta. Me abrió el mismísimo director con una amplia sonrisa.
−Pase usted, señorita Geraldine, le ruego que atienda al coronel Brown que necesita entrevistarse con usted. Yo volveré dentro de unos minutos cuando usted termine con su cometido.
Extrañada por lo inusual de la petición me giré para ver quien era el coronel Brown y qué se esperaba de mí. Estupefacta vi a mi amigo del parque. Estaba sin silla de ruedas, derecho. Me pareció muy alto, se acercó con dificultad y movimientos robóticos.
−¿Podrá perdonar mi larga ausencia? Verá, minutos después de nuestra última conversación me llamaron de Washington para confirmar que ya estaban listas mis prótesis de piernas, que era imprescindible quedarme un mes para adaptarme. Tal vez pueda comprender que lo más importante tras estar condenado a la silla de ruedas, ha sido para mí ser de nuevo un homo erecto. Así que cogí el primer avión disponible. Fue entonces cuando me di cuenta de que no nos habíamos intercambiado nuestros respectivos teléfonos. Yo solo sabía que usted trabajaba en una oficina de los grandes edificios que rodean el pequeño parque y gracias a mis contactos con los servicios secretos pude poner en marcha la maquinaria de la búsqueda a través de un retrato robot. Espero que no le sepa mal que haya hecho mano a tal pericia, pero tenía un interés vital por encontrarla. Aquí estoy para ofrecer mi persona a todo lo que usted pueda desear. ¿Me aceptará como novio?
Con ojos húmedos por la emoción y sin poder articular palabra alguna me acerqué a él, me dejé abrazar y le hice saber que me sentía feliz haber sido encontrada.

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