FADRAH

La pequeña Fadrah se escondió en el regazo de su hermano Jalid. Este estaba muy serio. Algo había pasado que ella no entendía. Desde antes de la travesía, su mundo se había roto en mil pedazos. No durmieron ya en ninguna casa, y el oleaje de aquel lago tan inmenso se agitaba. La barca hinchable en la que viajaron con muchos desconocidos se balanceaba. Allí su único equipaje era el hambre y el miedo. Habían estado hacinados como granos de arena en una playa. Jalid no hablaba, solo miraba con ojos llenos de irritación y alarma. Arribaron a otra tierra y separaron a los hermanos. Jalid quiso proteger a su hermana, no dejarla abandonada pero alguien lo redujo y Fadrah quedó sola entre muchos extraños. Una mujer de piel oscura se apiadó de ella, le ofreció la mano y su calor. Pero Fadrah se escapó para correr hacia la valla metálica y ver de nuevo el mar. Puso su carita contra el metal, la apretó cada vez con más fuerza, no se atrevió a girarse. No quiso comprobar que Jalid no estaba cerca. Solo tenía cuatro años llenos de soledad. Intuyó que llorar no remediaba, por eso puso su carita contra la valla. Era el único contacto donde agarrarse. El metal era frío, sus pequeños puños quedaron agarrotados contra la malla. Antes de caer al suelo pensó en su madre. Quería que las olas la devolviesen al otro lado para poder abrazarla.

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