NADA SE ES SI AL FINAL TE OLVIDAN,

 

 

murmuró el viejo que no tenía ganas de seguir. Días que parecían siglos, meses se le aparentaban milenios y los desayunos siempre iguales teñían de gris el ambiente entre la indiferencia de otros ancianos. Los habían traído hasta allí en distintas fechas como muebles inservibles. No se conocían, la mayoría no mostraba el mínimo interés en contactar con los demás. Eran todos ellos personas como inanimadas, porque no esperaban ningún futuro. Ese hogar era la penúltima estación. Lo sabían con absoluta certeza, por lo que evitaban mirarse o hablarse.

Doloretes fue la excepción. Canturreaba para sí melodías extrañas que nadie intentó descifrar y las monjitas bastante tenían con mantener todo organizado con su  exagerada pulcritud. El viejo repetía sin descanso “nada se es si al final te olvidan” y pensaba en aquellos a los que había dado vida. Cerró los ojos y estuvo así esperando la hora de tener que ir al comedor. No tenía apetito, nunca tenía hambre. Solo sed. Sed de ver a los suyos, hasta que también eso pasó. A veces pensaba en cómo se estaría dentro del frío nicho, pero las horas iguales hacían desvanecerse cualquier pensamiento. Iba apagándose hasta que una mano delicada le introdujo en el túnel de la muerte. Sorprendido sintió el cálido abrazo de la inmensa luz de la eternidad.

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