PROFUNDIDADES

 

Tendría unos doce años cuando mi madre me llevaba a ver una película, un documental sobre el capitán Hans Hass, buceador e investigador en mares templados. Mi madre lo admiraba y devoraba sus libros.

No solíamos disfrutar del raro lujo de ir al cine, pero ese día era su cumpleaños. Nos fuimos al Roxy, yo no había entrado nunca y la sala me envolvió con su magia. Las butacas tapizadas en color bermejo, los enormes cortinajes a juego me transportaron a un mundo de ensueño. Sobrecogida escuché las notas musicales algo chirriantes por la mala calidad de la megafonía. Un chorro de luz en el que bailaba el polvo atravesaba la sala oscura desde lo alto. Tras la abertura de las cortinas emergían imágenes de suaves tonalidades sobre la gran pantalla. Apareció el mar, un mar amable, de color esmeralda que meció la conocida embarcación Xarifa. Hans Hass y su famosa esposa Lotte se sumergieron en las aguas donde peces de mil colores danzaban con una agilidad que yo jamás hubiera imaginado.

Comenzó un reportaje sobre pecios, tesoros hundidos y vida submarina desconocida. Corales, plantas que se movían como melenas recién peinadas. Mi corazón quedó sobrecogido ante tanta belleza. Nació un gran sueño. Alguna vez también yo sería una buceadora cortejada por un guapo investigador.

La vida no suele transcurrir como una la sueña siendo adolescente. El mar del Norte no era el Caribe, no había opción alguna para aprender a bucear. Justo me venía nadar en la piscina del barrio.

Y pasaron los años. Muchos años. Unos cuarenta. El destino me llevó a orillas del Mediterráneo, a un pueblo donde la gente no solía nadar en el mar. Lo temían, o temían a los tiburones imaginarios. Después encontré un grupo de jóvenes que sí nadaban mar adentro, entre ellos uno sabía bucear, lo había aprendido en un club de un puerto cercano. Hablamos horas y horas de sus experiencias. Yo soñé con los ojos abiertos, le hablé de las películas de la Ufa, de la fama de Hans Hass y Lotte, su guapísima esposa y también buceadora.

Me trasladé a otra ciudad que tenía puerto y clubes de buceo. Ya pasaba el medio siglo de edad, tenía un buen sueldo y me inscribí a un curso. Las primeras clases eran teóricas, luego vinieron prácticas en una piscina, después ya en el mar. Los exámenes fueron muy duros, porque tengo por naturaleza una flotabilidad fuera de lo común. Me tenían que colgar kilos y kilos de lastre para que me hundiera y ya me veía apartada de mi sueño, porque con tanto lastre apenas me podía mover y menos quitarme el cinto y volvérmelo a colocar. Desesperada por conseguir mi carnet hice un último esfuerzo siguiendo el refrán: el que la sigue la consigue…

Ayer estuve entre atunes y barracudas a cuarenta metros de profundidad y me sentí una verdadera Lotte. Percibí el pesado y maravilloso efecto de la ingravidez.

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