LA ARQUITECTA

 

Había trabajado en equipo para Unesben & Co. durante tres años. Era una empresa de innovadores que quería ofrecer a sus clientes arquitectura ultramoderna conservando la idiosincrasia de Manchester. Susan trabajaba en una propuesta estilística sorprendente sin salirse del color naranja como los ladrillos de los muchos edificios emblemáticos de la ciudad. Sus planos prometían y una entidad bancaria estaba a punto de firmar el contrato para llevar a cabo el proyecto. Como un vendaval inesperado llegó la crisis del petróleo y una bajada de actividades comerciales arrastraba ajustes bancarios. Se pospuso la construcción del edificio. Susan se había quedado en puertas con un trabajo bien planificado. Al año siguiente Unesben & Co. comenzó a despedir personal, entre ellos también estaba Susan.

Dudaba entre buscar otra empresa o montar su propio estudio. No tenía suficiente capital ni una gran experiencia todavía. Pasaba horas en el RIBA, el Royal Institute of British Architects, pero no había demanda de arquitectos jóvenes. Así que tuvo que buscar trabajo en otras áreas. Pasaron los meses sin encontrar nada. Estaba perdiendo el ánimo y la confianza en si misma hasta conformarse con cualquier empleo. Urgía ganar dinero para poder vivir aceptablemente. Tanteaba con algún job temporal, casi había vuelto al nivel de cuando era estudiante y servía cafés y cervezas. Nunca dejó de mirar con lupa las secciones de anuncios en los periódicos, pero entre las lecturas no emergía nada apetecible ni conveniente.

Su amiga Mary trabajaba en un equipo de limpieza para el museo de la ciudad y le comentó que no era tan desdeñable. También ella tenía una carrera, pero la suya de Biología ya era una tumba antes de licenciarse. No le caían los anillos y ese trabajo era agradable porque siempre estaba rodeada de tesoros de la antigüedad. Casi amaba las piezas expuestas, muchas en vitrinas cerradas, las miraba, se apuntaba en una pequeña libreta los nombres de las figuras, la procedencia y luego en casa buscaba en el ordenador la historia de tal o cual personaje, de amuletos con sorprendentes reseñas biológicas. Animaba a Susan a presentarse sin más. Le indicaba a quién dirigirse en la oficina de la empresa de limpieza y, a su vez, ella hablaría con su encargado. Éste le echaba los tejos desde que entró e imaginaba que algo se le podría sacar.

Susan se lo pensó durante unos días, finalmente aceptó. Mary era muy amiga y ambas tenían buenas carreras que en aquel momento no servían para mucho. Un mes más tarde comenzó su nueva aventura. A horas matinales o tardías, según el turno, Susan se ocupaba de limpiar el polvo de las vitrinas, de fregar los suelos con una máquina que se deslizaba por las salas y los pasillos. Al principio no pudo entretenerse en admirar los vestigios del mundo egipcio, pero siempre que pasaba por una de las  vitrinas donde se exponían figuras de piedra, madera y basalto le parecía escuchar un susurro que no procedía de ninguna persona, porque ella se hallaba completamente sola en la sala. Conforme pasaron los días, los susurros aumentaron de volumen. Escuchaba con claridad “sus”, no era difícil pensar en su nombre. El “sus” se repetía cada día y ya no sabía si estaba obsesionada, loca o demasiado imaginativa. No quiso comentarle nada a Mary, porque no era un asunto lógico, más bien ridículo. Se prometió a sí misma acercarse a las figuras y escudriñarlas desde muy cerca. Porque no dudaba de que el “sus” era como un suspiro humano. Se había fijado en todo este tiempo de que realmente no había nadie cerca. Leyó con atención los nombres de las figuras y cuando se acercó a la de basalto, leyó Neb Senu. Lo pronunció en voz alta “Neb Senu”, otra vez “Neb Senu” y tras la tercera lectura en voz alta, Neb comenzó a mover sus gruesos labios y salió un claro sonido “sus”. Ella quedó petrificada y a punto de desmayarse. Para postres sintió unas vibraciones y Neb Senu daba lentamente la vuelta dentro de la vitrina repitiendo el temible sonido “sus”, cada vez más fuerte. Finalmente le dio la espalda a Susan y calló.

Susan no habló con nadie de la cuestión, era todo muy absurdo. Tras la jornada anduvo por la ciudad  entre dudas, sospechosos símbolos y pasó por delante de Unesben & Co. Se había armado de valor y quiso preguntar por renovadas expectativas de trabajo. No le molestaba la limpieza, no, pero lo vivido dentro del museo la superaba. No  podía comentarlo con nadie si no quería ser tomada por loca y su sistema nervioso ya no aguantaba más. Tenía todo el día en su mente el “sus, sus, sus”, giro y espalda.

El cartel de Unesben & Co. estaba deslucido, y sus ojos repasaron lentamente las letras de “Unesben”. Cuando pasó el dedo sobre las letras llenas de polvo se le ocurrió leerlo al revés. Tuvo que sujetarse a la reja de la puerta de entrada. ¡Era el nombre de la figura egípcia! Aquella que la traía loca, Neb Senu, Unesben, ¡por Dios! Esto es brujería, magía negra, algo malo me está pasando…−pensaba. Sintió un vacío en el estómago, una sensación desagradable y hueca, hasta percibió los recovecos de su intestino. Marchó a casa. Sacó de paso la poca correspondencia de su buzón. Entre propagandas había un  sobre de RIBA, del colegio de arquitectos. Subió al piso sin coger el ascensor para saborear más la incógnita del contenido de la carta. Cuando ya sentada sobre el sofá con manos temblorosas, abrió el sobre y sacó una tarjeta coloreada escrita con palabras en mayúscula: ¡ENHORABUENA! SU NÚMERO DE COLEGIADA HA SIDO SELECCIONADO PARA UN VIAJE A EGIPTO. PODRÁ AUMENTAR SUS CONOCIMIENTOS DE LA ARQUITECTURA DURANTE EL REINADO DE SEBEKHOTEK IV.  El texto seguía con  los pormenores del viaje, la estancia y el estudio.

Susan cerró los ojos, entre sus pestañas se asomaban unas lágrimas que buscaban llegar a la esencia de su alma. La luna llena la saludaba a través de la ventana como una fiel amiga.

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