SU MAJESTAD, LA GOURMET

 

 

Ni Panterelli podía negar que su majestad fuese considerada la mejor gourmet jamás conocida en las cortes europeas. Era la más refinada, con gustos exquisitos y  maneras sorprendentes. Entendía la cocina como él mismo, sabía mandar y organizar los menús más extravagantes. Le encargó para un convite de varias casas reales un pan muy especial.

Panterelli pertenecía al séquito de la corte de Catalina de Médici, que tras el enlace con el que fuera más tarde el rey Enrique II de Francia, se trasladó a París. Desde entonces, su compromiso aún fue mayor si cabe. La señora celebraba famosos banquetes en el palacio de Fontainebleu y él no debía fallar.

Utilizó varias harinas, unas más molidas que otras, mezcló ingredientes diferentes, no estaba satisfecho con las levaduras madre, no le salió nada extraordinario. Se le ocurrió la idea de escaldar la masa y no dejó de removerla, pero se secaba demasiado en aquel caldero de cobre. Tenía que darle cada vez más vueltas con la pala de madera para que no se le quemara y cuando la consistencia le iba a ganar la mano, quitó el perol del fuego y extendió el resultado sobre la mesa del obrador. Lo probó. De sal estaba bien, pero la masa no parecía buena. Comenzó a rebajarla con huevos. La idea era aceptable, pues tras cada uno añadido estaba más suave y manejable. Como era su costumbre, hizo una prueba de cocción de varios tamaños. Iba a intentar hornear panecillos individuales y a jugar con formas geométricas, redondas, cuadraditas y alargadas.

Mandó echar más leña al fuego, quiso que el horno estuviera muy fuerte para que el dorado fuera más rápido. Había embadurnado una lata con manteca de cerdo para que no se le pegara la pasta y otra la untó con aceite de oliva traído de la Toscana. Influiría en el sabor del pan. Cuando sacó la primera prueba se quedó muy sorprendido. La mezcla había explotado. Había adquirido un volumen alto y estaba hueco. Lo probó y le gustó, pero no era pan. Abrió uno de los bollitos con el cuchillo y se dio cuenta de que se podía rellenar, lo intentó con un poco de crema de chantilly que le había sobrado de un postre. También las formas alargadas eran huecas por dentro, como insufladas con aire. Quedó entusiasmado por lo delicioso del bocado. Pidió una inmediata audiencia con su majestad. Todavía no sabía que había inventado la pasta choux, o pasta de viento.

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