JOYAS EN EL CAMPO

 

 

Habían quedado a las ocho de la mañana. Antonio y su hijo estaban en acalorada discusión. Tonín quería convencer al padre de que el futuro se escribía con letras verdes, que los arados mecanizados dañaban la tierra más que los modernos peines que no revolvían la tierra, la peinaban con mucha más suavidad sin alterar la mineralización de los compuestos del suelo. La agricultura ecológica no debería de ser patrimonio de los catalanes. Andalucía y Extremadura tenían que espabilarse si no querían perder el tren de la modernidad.

−¡Tú que sabes! Toda la vida se ha arado, bien con caballos, a mano o mecanizado como ahora. No me vengas con mandangas. Mira, ya viene Manuel con el tractor.

Tonín se calló, su padre tenía la cabeza muy dura. Lo tenía claro, en cuanto el campo pasara a sus manos, cambiaría muchas cosas que consideraba prehistóricas. Mientras pasaba el tractor, padre e hijo se pusieron a almorzar. No hablaron, cada cual se enfurruñaba con sus pensamientos. Al rato oyeron un chirrido metálico y una blasfemia.

−¿Qué pasa, Manuel?

−Se ha enganchado algo a uno de los garfios, ayudadme, por poco vuelca el tractor.

Los tres hombres encontraron un pedrusco que no se dejaba mover de tanto que pesaba. Ninguno encontró explicación, ni recordaban que estuviera antes allí.

−Al remover la tierra… −murmuró Manuel. −Pero pesa una barbaridad, eso no es normal.

Inspeccionó su apero, no se había roto y suspiró. El tractor era lo único que tenía para ganarse la vida. Acabaron sin poder levantar entre los tres la piedra que tenía un aspecto extraño. La dejaron ahí mismo y Antonio pensó que una pala podía transportar esa cosa extraña a casa. Algo le decía que esa curiosidad de piedra podía ser especial. Además, le gustaba. Tonín estaba de acuerdo. También a él le parecía una cosa rara.  Comentaría el hallazgo con los amigos. Manuel acabó con el trabajo en la finca y todos volvieron al pueblo.

El asunto fue la comidilla entre los habitantes y se formó una procesión para ver esa piedra que no se podía levantar. Llegó a oídos de un comentarista del periódico comarcal y finalmente un geólogo fue invitado a inspeccionar la joya, como Antonio llamaba al pedrusco, quien comprobó que efectivamente era una joya de unos cien mil años, un meteorito, un pedacito del núcleo de un planetoide del Cinturón de Asteroides.

−Es como si os hubiese caído el mismísimo Júpiter a la finca, porque actualmente se puede vender el hallazgo, ya que se encontraba en vuestro terreno. De momento no es patrimonio del estado…−comentó el geólogo sonriendo y maravillado a la vez.

Tonín ya veía una pequeña fortuna convertida en grandes cultivos ecológicos.

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