EL FALSO SUEÑO

 

 

La tía Teresa acababa de recibir la extremaunción. Ya no hablaba, pero debajo de sus párpados no cerrados del todo, parecía correr la vida a mucha velocidad. Sonia observaba fascinada la cara de su tía. Nunca había visto morirse a nadie y para castigar su curiosidad, había cogido entre sus manos la de Teresa. Conservaba el calor, no mucha pero suficiente para darse cuenta de que todavía no había parado la maquinaria vital.

No había convivido con su tía, salvo durante las fiestas del pueblo. Sabía por su madre la vida de esta mujer que estaba a punto de dejar su existencia. A sus ochenta y ocho años apenas tenía arrugas, había tenido una vida sin sobresaltos, sin marido ni hijos. Gastó su vida en adorar a Dios, la Virgen y los Santos. Una buena beata –pensó Sonia. ¿Qué pasará ahora por su cabeza, si es que aún conservaba la facultad de pensar?

El sacerdote se había marchado unos minutos antes y las dos mujeres estaban solas a falta de más familiares. Un par de vecinas quisieron acompañar a la moribunda, pero Sonia no dejó que estuviesen en la habitación. Necesitaba estar exclusivamente con la hermana de su madre, ser el único testigo del paso entre la vida a la muerte de Teresa. Escudriñaba el rostro de su tía que respiraba a intervalos entrecortados. Hubiese querido penetrar en su mente, ver qué sucedía en el último momento, qué es lo que se siente y se ve. Pero los últimos secretos de la vida no son perceptibles ni a vivos ni a muertos.

Teresa estaba consciente de que había llegado el momento en que entregaría su alma al Señor, al menos eso esperaba. Lo había hablado con el cura, había leído al respecto y no tenía miedo porque desde siempre confesaba claramente sus pecados que no eran muchos. Alguna envidia, algún mal pensamiento, alguna riña vecinal, pero el confesionario borraba con facilidad esas menudencias. Su testamento estaba redactado a favor de la iglesia, así que ella esperaba una entrada agradable al cielo de los creyentes cristianos. Porque un sacerdote  le había dicho años atrás que existían varios cielos, para cada  creencia el suyo, y la fe católica era sin duda la más potente.

Una agitación momentánea hizo arrancarle a Teresa un ruido gutural extraño, le siguió un largo silencio. Sonia se quedó paralizada y soltó la mano de la tía para colocarla al lado del cuerpo. Llamó a la enterradora para que avisara a la funeraria.

Mientras, Teresa entraba en el limbo esperando ser recibida y llevada de la mano de San Pedro para entrar en el paraíso. Se extrañó que tardasen tanto, que nada había ni cambiaba, el limbo era una cosa insustancial, carente de espacio, era la nada más absoluta. Ni siquiera percibió su colocación al ataúd, ni pudo escuchar su misa, ni veía ángeles, ni a Jesús y tras meses de estar empotrada en el nicho comenzó su descomposición y seguía la nada, nada de nada, ni razón ni cielo, ni paraíso. Había vivido engañada, tal vez hubiese tenido que pecar más, para ver si al menos existía el infierno… ¡Qué desengaño se llevarán todos! –fue el último mensaje emitido por los gusanos que se ocupaban en hacer desaparecer cualquier vestigio del cuerpo terrenal de Teresa.

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