UN DÍA DE FEBRERO

 

Una semana de insultos es solo otra semana de insultos. Mis espaldas ya no duelen de tantos pesares. Quisiera alejarme de esa persona pero no puedo sin perjudicar a otros. Sé que el ser humano es capaz de aguantar mucho. Lo intento una y otra vez porque quiero vencer todas las dificultades que me proporciona la vida. No quiero ser débil, ni lamentarme de mi mala suerte, he de resistir como mejor pueda, hasta que pueda.

Hijos míos, no sé qué va a ser luego, mañana. No lo sé. La noche se despide con un lento adiós. Nubarrones impiden ver los luceros celestes. De cuando en cuando aúlla el viento de este mes de febrero que barre veloz todo lo que encuentra a su paso: maldad y bondad. Barre los antagonismos, las hojas muertas. Quiero ver cómo despierta el alba  suelos de blanco bajo los almendros, cómo el rosa en el centro de la flor de las esperanzas.

San Valentín se acerca, prepara sentimientos, hace memoria en aquellos corazones que ya no aman mientras el alba tarda en imponerse. Estoy junto a la vía esperando que el tren de la vida me lleve a otro destino, aunque dude que sea diferente. La creciente claridad empuja a los nubarrones, abre brechas a la oscuridad filtrando la luz con lentitud, gana terreno. Anhelo que sea espejo de mi ánimo al que obligo a levantarse y cambiar de tonalidades.

Abro mi mano, la otra, hay diez posibles destinos diferentes. Solo hace falta saltar al vacío y decantarme por uno diferente. El abanico de dedos deja actuar el azar, pero hay que saltar. Todo en la vida es movimiento, ¿a qué espero?

 

 

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