EL FALSO SUEÑO

 

 

La tía Teresa acababa de recibir la extremaunción. Ya no hablaba, pero debajo de sus párpados no cerrados del todo, parecía correr la vida a mucha velocidad. Sonia observaba fascinada la cara de su tía. Nunca había visto morirse a nadie y para castigar su curiosidad, había cogido entre sus manos la de Teresa. Conservaba el calor, no mucha pero suficiente para darse cuenta de que todavía no había parado la maquinaria vital.

No había convivido con su tía, salvo durante las fiestas del pueblo. Sabía por su madre la vida de esta mujer que estaba a punto de dejar su existencia. A sus ochenta y ocho años apenas tenía arrugas, había tenido una vida sin sobresaltos, sin marido ni hijos. Gastó su vida en adorar a Dios, la Virgen y los Santos. Una buena beata –pensó Sonia. ¿Qué pasará ahora por su cabeza, si es que aún conservaba la facultad de pensar?

El sacerdote se había marchado unos minutos antes y las dos mujeres estaban solas a falta de más familiares. Un par de vecinas quisieron acompañar a la moribunda, pero Sonia no dejó que estuviesen en la habitación. Necesitaba estar exclusivamente con la hermana de su madre, ser el único testigo del paso entre la vida a la muerte de Teresa. Escudriñaba el rostro de su tía que respiraba a intervalos entrecortados. Hubiese querido penetrar en su mente, ver qué sucedía en el último momento, qué es lo que se siente y se ve. Pero los últimos secretos de la vida no son perceptibles ni a vivos ni a muertos.

Teresa estaba consciente de que había llegado el momento en que entregaría su alma al Señor, al menos eso esperaba. Lo había hablado con el cura, había leído al respecto y no tenía miedo porque desde siempre confesaba claramente sus pecados que no eran muchos. Alguna envidia, algún mal pensamiento, alguna riña vecinal, pero el confesionario borraba con facilidad esas menudencias. Su testamento estaba redactado a favor de la iglesia, así que ella esperaba una entrada agradable al cielo de los creyentes cristianos. Porque un sacerdote  le había dicho años atrás que existían varios cielos, para cada  creencia el suyo, y la fe católica era sin duda la más potente.

Una agitación momentánea hizo arrancarle a Teresa un ruido gutural extraño, le siguió un largo silencio. Sonia se quedó paralizada y soltó la mano de la tía para colocarla al lado del cuerpo. Llamó a la enterradora para que avisara a la funeraria.

Mientras, Teresa entraba en el limbo esperando ser recibida y llevada de la mano de San Pedro para entrar en el paraíso. Se extrañó que tardasen tanto, que nada había ni cambiaba, el limbo era una cosa insustancial, carente de espacio, era la nada más absoluta. Ni siquiera percibió su colocación al ataúd, ni pudo escuchar su misa, ni veía ángeles, ni a Jesús y tras meses de estar empotrada en el nicho comenzó su descomposición y seguía la nada, nada de nada, ni razón ni cielo, ni paraíso. Había vivido engañada, tal vez hubiese tenido que pecar más, para ver si al menos existía el infierno… ¡Qué desengaño se llevarán todos! –fue el último mensaje emitido por los gusanos que se ocupaban en hacer desaparecer cualquier vestigio del cuerpo terrenal de Teresa.

UNA TURISTA LLAMADA INGRID

Nací en un pequeño pueblo albaceteño. Soy un tipo tranquilo, al menos lo era hasta hace pocos días cuando apareció allí una guiri. Muy rubia y exuberante. Nada que ver con mi novia. La guiri me trae loco, habla de una manera que me hace reír continuamente. Tiene una figura de estrella de cine. Me hace bailar cuando nunca supe moverme. Sus labios los estaría mordiendo sin pausa y creo que ya no puedo estar sin ella. Hoy hemos hablado de un viaje. Ella me habla de su Berlín natal. Quiere casarse conmigo en Las Vegas, que soy su moreno del alma. Estoy como embrujado y nunca he tenido esta misteriosa sensación que me quita hasta el hipo. Voy a irme con ella, solo lo sabrá Bruno, mi mejor amigo. A mi novia no le diré nada. Todos mis pensamientos giran alrededor de Ingrid, de Berlín, Las Vegas… Todo me da igual, solo quiero estar al lado de Ingrid, lo demás carece de importancia, hasta mi trabajo en la fábrica de champiñones, donde trabaja también Teresa, mi novia, en la dirección. Mientras llegue el momento de irme con Ingrid, tengo que seguir yendo a la fábrica y tal vez tropiece con Teresa, a veces comemos juntos en la cantina.  Veremos si soy capaz de ofrecer una apariencia normal. Ahora que pienso, hace unos días que no veo a Teresa. Puede que se haya tenido que ir de negocios a la capital. Estoy hastiado de esta vida en la fábrica donde un día es igual que otro. Y así llego a casa con la pequeña satisfacción de no haber visto a Teresa. Recojo varias cartas y una postal. ¿Quién puede escribirme? Giro la panorámica de un lugar desconocido y extraño con mucha curiosidad. Leo: Querido Horacio, siento no haber hablado contigo, no me atreví, la verdad.  Estoy en Las Vegas con Angelo Fungomagno, el nuevo accionista de la empresa y nos hemos casado. Así de sorpresa. Espero que pronto superes mi poca confianza en ti. Te deseo lo mejor. Teresa.

JOYAS EN EL CAMPO

 

 

Habían quedado a las ocho de la mañana. Antonio y su hijo estaban en acalorada discusión. Tonín quería convencer al padre de que el futuro se escribía con letras verdes, que los arados mecanizados dañaban la tierra más que los modernos peines que no revolvían la tierra, la peinaban con mucha más suavidad sin alterar la mineralización de los compuestos del suelo. La agricultura ecológica no debería de ser patrimonio de los catalanes. Andalucía y Extremadura tenían que espabilarse si no querían perder el tren de la modernidad.

−¡Tú que sabes! Toda la vida se ha arado, bien con caballos, a mano o mecanizado como ahora. No me vengas con mandangas. Mira, ya viene Manuel con el tractor.

Tonín se calló, su padre tenía la cabeza muy dura. Lo tenía claro, en cuanto el campo pasara a sus manos, cambiaría muchas cosas que consideraba prehistóricas. Mientras pasaba el tractor, padre e hijo se pusieron a almorzar. No hablaron, cada cual se enfurruñaba con sus pensamientos. Al rato oyeron un chirrido metálico y una blasfemia.

−¿Qué pasa, Manuel?

−Se ha enganchado algo a uno de los garfios, ayudadme, por poco vuelca el tractor.

Los tres hombres encontraron un pedrusco que no se dejaba mover de tanto que pesaba. Ninguno encontró explicación, ni recordaban que estuviera antes allí.

−Al remover la tierra… −murmuró Manuel. −Pero pesa una barbaridad, eso no es normal.

Inspeccionó su apero, no se había roto y suspiró. El tractor era lo único que tenía para ganarse la vida. Acabaron sin poder levantar entre los tres la piedra que tenía un aspecto extraño. La dejaron ahí mismo y Antonio pensó que una pala podía transportar esa cosa extraña a casa. Algo le decía que esa curiosidad de piedra podía ser especial. Además, le gustaba. Tonín estaba de acuerdo. También a él le parecía una cosa rara.  Comentaría el hallazgo con los amigos. Manuel acabó con el trabajo en la finca y todos volvieron al pueblo.

El asunto fue la comidilla entre los habitantes y se formó una procesión para ver esa piedra que no se podía levantar. Llegó a oídos de un comentarista del periódico comarcal y finalmente un geólogo fue invitado a inspeccionar la joya, como Antonio llamaba al pedrusco, quien comprobó que efectivamente era una joya de unos cien mil años, un meteorito, un pedacito del núcleo de un planetoide del Cinturón de Asteroides.

−Es como si os hubiese caído el mismísimo Júpiter a la finca, porque actualmente se puede vender el hallazgo, ya que se encontraba en vuestro terreno. De momento no es patrimonio del estado…−comentó el geólogo sonriendo y maravillado a la vez.

Tonín ya veía una pequeña fortuna convertida en grandes cultivos ecológicos.

¿EXISTE LA VERDAD VIRTUAL?

Pregunta incorrecta a todas luces contesta Batú, mi chimpancé. Lo adopté siendo un bebé y con él se me complicó mi vida, enriqueciéndomela enormemente. Batú es travieso, listo, rápido y muy inteligente. Le encanta la informática, tiene blog propio. Da consejos a principiantes en la red, escribe pero no habla. Yo he llegado a dudar de que el hombre venga del mono. Creo lo contrario, que el mono viene del hombre. Cuando llego cansado a casa, tengo mis babuchas preparadas junto a la puerta de entrada.

Tuve que comprar otro ordenador, porque él utilizaba el mío tras observarme durante horas, días y meses. Comenzó mandándome mails absurdos y descubrí el otro día que maneja el Power Point para mandar mensajes de textos filosóficos exigiendo reenviarlos. Augura suerte y hechos extraordinarios a los lectores si reenvían los textos antes de cuatro días. Y estos, ante el temor de tener mala suerte si no cumplen la “orden”, obedecen, por si las supersticiones como la verdad virtual existen.

FADRAH

La pequeña Fadrah se escondió en el regazo de su hermano Jalid. Este estaba muy serio. Algo había pasado que ella no entendía. Desde antes de la travesía, su mundo se había roto en mil pedazos. No durmieron ya en ninguna casa, y el oleaje de aquel lago tan inmenso se agitaba. La barca hinchable en la que viajaron con muchos desconocidos se balanceaba. Allí su único equipaje era el hambre y el miedo. Habían estado hacinados como granos de arena en una playa. Jalid no hablaba, solo miraba con ojos llenos de irritación y alarma. Arribaron a otra tierra y separaron a los hermanos. Jalid quiso proteger a su hermana, no dejarla abandonada pero alguien lo redujo y Fadrah quedó sola entre muchos extraños. Una mujer de piel oscura se apiadó de ella, le ofreció la mano y su calor. Pero Fadrah se escapó para correr hacia la valla metálica y ver de nuevo el mar. Puso su carita contra el metal, la apretó cada vez con más fuerza, no se atrevió a girarse. No quiso comprobar que Jalid no estaba cerca. Solo tenía cuatro años llenos de soledad. Intuyó que llorar no remediaba, por eso puso su carita contra la valla. Era el único contacto donde agarrarse. El metal era frío, sus pequeños puños quedaron agarrotados contra la malla. Antes de caer al suelo pensó en su madre. Quería que las olas la devolviesen al otro lado para poder abrazarla.

SILENCIO MUSICAL

Hay placeres tan sutiles que logran un dulce delirio bajo la piel de mi amante. Me gusta que lo sienta cuando mis dedos recorren como abanicos de seda su atlas corporal. No necesito artilugio alguno, mi desnudez basta para ser vibrador haciendo aflorar aquellas imágenes y sensaciones que tanto le complacen y le hacen gemir de exaltación. Proyecto miradas aterciopeladas sin pestañear cuando acerco con lentitud los imanes de mis yemas sobre sus pezones de hombre neutro. Es allí y no entre sus piernas donde su sensibilidad alcanza la nota más alta de emoción desde que se sometió a la cirugía para agradarme aún más. Se lo premio con las alas de mis dedos y demás herramientas corporales que nos originan un adictivo silencio musical.

UNA BODA ORIGINAL

 

 

Apenas tenía catorce años cuando comprendí que dentro de mí algo estaba en guerra. Primero creí que era una manía contra mi madre, que siempre se metía conmigo. Luego pensé que era Felipe porque cuando estaba cerca, me hacía vibrar y me quitaba la respiración. ¡Dios, qué guapo era Felipe! Un morenazo cuya piel se volvía más atezada si cabe, por el incipiente vello que pronto se convirtió en barba. Cuando me miraba me derretía como un helado al sol de agosto. En la clase de educación física nos retamos, en el parque buscamos el banco más escondido y cuando ambos estábamos perdidamente enamorados, le destinaron a su padre a otra ciudad y con él se marchó toda la familia.

El desconsuelo me duró mucho tiempo. Ya en la universidad tuve otro pretendiente, Manolo, que me hizo olvidar por completo a Felipe. Hasta acabar la carrera éramos inseparables, nos prometimos amor eterno y estábamos muy convencidos de ello. Nos apoyamos mutuamente con nuestros estudios hasta que Manolo quiso hacer un máster en Estados Unidos. Yo no podía seguirle y nos escribimos hasta que comprendí que algo fallaba.

En la actualidad, mis amigas están todas casadas y con hijos. Cuando me junto con ellas agradezco a la vida el no tener que aguantar a una prole mocosa y a un marido gruñón como el de Mari, o un exigente obseso sexual como el de Isa. Todo lo que oigo por boca de ellas me hace sentir satisfecha con mi soltería. Mi madre me reprocha a menudo que si sigo así, serviré para vestir santos. Si ella supiera… tal vez para vestir amantes, esos fabulosos compañeros de cama que yo elijo. Tengo muy claro que no quiero caer en la trampa de ser propiedad de nadie. Es más que suficiente tener que aguantar a un jefe gordinflón con apetitos sensuales desbordantes, al que tengo que frenar como pueda. Me molesta hasta su voz cuando dice “señorita Margarita, venga a mi despacho, por favor”, o cuando mis subalternos me llaman “señorita Margarita”.

¡Qué porras de señorita, ya he cumplido cuarenta y dos años! Estoy justo a mitad de mi vida según las estadísticas, no soy ninguna adolescente ni jovencita, quiero que me llamen “señora”. Porque me siento señora con todas las de la ley. He alcanzado un alto nivel profesional, muchos cuchichean a mis espaldas “esa va para presidenta”. Me complace esa opinión.

Mis diferentes hombres, seleccionados con ojo clínico, me adoran por no comprometerlos en absoluto. No quiero noviazgos. Soy imperativa y sé lo que busco en un varón para un tiempo determinado.

Me he enterado, de que las leyes cada vez se modernizan más, y que en la actualidad es posible casarse con una misma. Mi ventaja es que me quiero muchísimo. Me adoro y malcrío. A menudo voy pensando en el asunto y mi ilusión crece hasta alturas impensables. ¡Ostras, casarme conmigo misma! ¡Qué pasada! Me vestiré de blanco inmaculado, me invito a un banquete descomunal, no, lo del banquete no, porque siempre me sientan mal las comilonas. Pero me buscaré alguien muy especial para mi noche de bodas, tal vez un alto mando de la Otan, de esos que están destinados en Afganistán, o Siria… Entre los cargos militares superiores yanquis abunda la búsqueda de féminas europeas dispuestas y que no sean de pago. Hay un tipo que se comunica con medio mundo, siempre con mujeres mayores. Lo sé porque he seguido su pista informática tras pedirme amistad a través de facebook. No me será difícil entrar en su juego o en el de otro. Descubrí hace unos días que hasta mi madre se chatea con uno de esos, hay que ver las cosas que se dicen…

Uf, me imagino la noche de bodas con un condecorado lleno de medallas, y él sin saber que es mi boda… va a ser el enlace más original de todas las nupcias conocidas.

Tengo todavía varias dudas: ¿invitaré a mis amigas, a mi madre? Un casamiento es un acto social, pero hasta la voluptuosa Anitita Ekkeberger se desposó en Las Vegas en secreto, yo también puedo hacerlo. ¿Y qué mejor que conmigo misma? La alianza la quiero en tres colores, y pobre del que me llame “señorita” después de mi matrimonio. Disfruto ya de antemano cuando les plante cara a todos con mi propio libro de familia. ¡Olé, vivan las señoras singles, y yo con ellas!

DOBLE VIDA

Me llamo Alfredo Martínez, estoy domiciliado en Madrid, trabajo en Valencia y se me acusa de llevar una doble vida. Que yo sepa, solo tengo una vida, un cuerpo con su alma, algunas cosas dobles como dos manos, dos fosas nasales, un par de… y de eso quería hablar. Porque para una vida tan complicada como la mía hay que tenerlos. Aunque en Valencia sigo llamándome Alfredo Martínez, no soy Vicente. Ni en Madrid soy Paco. Jamás he cambiado mi nombre, pues soy Alfredo. Aquí y allá. A causa de mi mucho viajar, y para más comodidad, ocupo piso en ambas ciudades. Con todo el mobiliario necesario. Con mi vida en orden en ambos sitios. Y luego, soy persona ardiente, apasionado tanto en la vida como en el trabajo. Pero necesito mi equilibrio. A todos los niveles. Tengo mis manías, lo confieso.

 

Me casé precipitadamente en Madrid. Paloma quedó embarazada tras una noche de sublime sexo y nació Belén. Tres años después llegó Pablito. Paloma es una mujer estupenda, fácil de llevar, limpia, sana, con buen humor y hace que me sienta bien a su lado. No entiende de negocios como mi trabajo, ni falta que le hace. Es feliz con los chicos y sus electrodomésticos. Apenas le gustan las joyas, aunque no puede evitar vestir siempre a la última.

 

El problema comenzó en Valencia. Paloma no iba a venir conmigo y dejar a los niños con los abuelos. Ella es muy suya. Y de esas mujeres que piensan que lo que puede hacer una mujer, también lo puede hacer el hombre. Eligió conmigo el piso y lo amuebló. Me lo llenó con decenas de aparatos eléctricos, que según ella, me iban a facilitar la vida. Pero me hacía falta ella, o algo similar. Y no tardó en aparecer el algo similar. Se llama Amparo y vive justo al ladito mío. Al principio se ofreció a ayudarme si me hiciera falta, y claro, hizo falta. Eso sí, no le gustan los niños, es maestra y dice que ya tiene bastantes en clase. Pero conoce todos los pormenores de Belén y de Pablito. Y de Paloma. Creo que le cae bien, aunque no la conozca en persona. A veces me indica cómo hay que disciplinar a los chicos con los estudios y yo lo transmito a Paloma, que está contenta de que tenga una buena vecina a mi lado.

 

El otro día me llamó Paloma para informarme de una inundación en la vivienda mientras ella había estado ausente y que gracias al nuevo vecino de enfrente pudo solucionar el problema; pues aquel joven es un manitas y reparó el tubo de la entrada de agua colocado en el techo de la cocina. Pero que tendríamos algunos gastos extra porque el seguro no cubría los muebles estropeados. La calmé y le dije que organizara todos los arreglos. Que yo tardaría dos días en llegar, pues pensaba ir con Amparo al teatro, su gran afición. Luego me lo pensé mejor y le regalé mi entrada para que la diese a una amiga. Y, a veces las cosas ruedan de una manera rara, mi empresa necesitaba una firma de los abogados de Madrid. Así que me presenté en casa antes de lo imaginado.

 

Cual mi sorpresa que todo estaba patas para arriba. Nadie en casa. Llamé a mis suegros que dijeron que los niños estaban con ellos, que Paloma estaba organizando el piso. Vaya, bueno, se me ocurrió tocar el timbre del vecino de enfrente, por si sabía el paradero de Paloma. Como iba yo tan trajeado y él no me conocía, llamó a Paloma diciendo que ya estaba el del seguro aquí. Paloma se asomó, estaba a medio vestir, despeinada y cuando me vio le dijo al vecino: míralo, este es el de la doble vida… Y como ella tiene la convicción de lo que puede hacer el hombre también lo puede hacer la mujer y viceversa, me exige arreglar los papeles o dejar las cosas como están, que nuestro futuro estaba en mis manos.

DIVORCIO EXPRÉS

 

 

Lo había leído, se había informado de que ahora se podía tener un divorcio exprés tutto gratis. Y ya no aguantaba más, lo de anoche con su marido fue la gota que colmó el vaso. Con paso firme se dirigió al juzgado de su ciudad. Nunca había entrado en el edificio, era más grande de lo esperado y andaba un poco perdida. Subió unas enormes escaleras de mármol del bueno, ese de carrara. Reluciente y magnífico mármol. Entró en una sala grandísima donde había mucha gente trabajando. No sabía a quién dirigirse. Recorrió los diferentes escritorios con sus indicaciones y al final se paró delante del cartel “INFORMACIÓN”.

─¿Sí? ─preguntó un hombre con voz áspera.

─Quiero ver al juez.

─¿Me da la citación?

─¿Qué citación?

─La que corresponde al juicio.

─Oiga, ¿por quién me tiene? ─respondió ella ofendida.

─Señora, ¿a qué ha venido en conreto?

─Concretando claro y raso, a tener un divorcio exprés tutto gratis.

─¿Me está usted tomando el pelo, señora?

─El que me está tomando el pelo será usted, dígame ya de una puñetera vez, dónde está el juez.

─Está celebrando un juicio, y para poder tomar parte, se necesita citación, ¿comprende ahora, señora?

─El que no comprende es usted, joven, necesito ver al juez y exponer mi caso. Pero ya, no puedo esperar más, es urgente.

Se acercó un alguacil que había observado la escena y le preguntó al auxiliar que presidía la información, si necesitaba ayuda. La mujer se dirigió al recién llegado y le avasalló con la exigencia de presentarle al juez. Ambos hombres intentaron calmarla y explicarle que no se podía venir sin una citación oficial. Además, para divorciarse tenía que buscar en primer lugar a un abogado.

─Ahora ya no hace falta, el estado facilita desde ya el trámite de los divorcios y solo hace falta que haya un juez que dé el visto bueno de la separación y firmar los papeles. Y eso es lo que quiero. No me miren ustedes así, parecen salidos de la Edad Media, ¿no se habían enterado todavía? Venga ya, pónganme en contacto con el juez, o me den las hojas de reclamaciones. Me están poniendo de los nervios, so tozudos…

─Oiga señora, sin ofender, o tendremos que llamar a los de Seguridad.

─Los de seguridad, a mí, por favor, llamen al juez ─rogó con determinación e insistencia, cuando una figura femenina se les acercó.

─¿Quién busca un juez? ─preguntó la joven.

─Yo, pero ellos vienen con monsergas y no adelanto un ápice.

─Soy juez, ¿en qué puedo ayudarle?

─¿Usted es juez? ¿Tan joven? Una mujer juez… pues mire, quiero un  divorcio exprés tutto gratis.

─¿Y eso qué es, señora?

─Parece mentira que siendo juez no lo sepa, es una ley nueva aprobada por el gobierno y publicada en el periódico.

─Pero no en el B.O.E. y no estando en el B.O.E. no estoy obligada a saberlo. Pero vamos a ver, ¿por qué no se informa primero a través de internet? Aquí no le podemos ayudar sin la intervención de un abogado. Y perdone ahora, tengo prisa. Le aconsejo consultar a un abogado o informarse en internet. En el hogar del pensionista le indicarán los pasos a seguir, si no tiene internet en su casa. Que tenga suerte, señora, adiós.

─En este país no cambiarán nunca, el “vuelva usted mañana” no se ha muerto, todo sigue igual─ murmuró, ─al menos antes el juez era un señor de mucho peso, y mira por donde ahora una mocosa se llama juez… y poco menos me manda a freír espárragos. Tendré que buscar al defensor del pueblo. Oiga usted, ─se dirigió al hombre de información, ─Oiga, ¿dónde encontraré al defensor del pueblo?

─A este señor hay que dirigirse por escrito, señora, infórmese a través de internet.

─Internet, internet, ¿para qué está el juzgado, para qué los jueces, para qué las personas? Está más claro que el agua, no me quieren atender, quieren que siga con el animal de mi marido… ¡y un jamón! Iré hasta Roma si hace falta, buscaré al papa, qué se habrán creído todos ustedes… ─vociferó bajando por fin las escaleras de mármol del bueno, reluciente y magnífico.

Divorcio exprés tutto gratis era solo una mala propaganda, pensó.

ANSIEDAD

Respiró hondo mientras miraba a los tejados que formaban una masa cuadriculada hasta el horizonte. A veces pensaba en dejarse caer al vacío, pero nunca tenía el valor suficiente. De pronto escuchó la risa alegre de la vecina del último piso. De puro aburrimiento abrió los oídos para enterarse del motivo de tal contento.

-¡Qué cosas me dices! -rió de nuevo la mujer. -El lunes se va, tendré más tiempo para ti.

Era evidente que hablaba por teléfono. ¿Quién se iba el lunes? Le comenzó a picar la curiosidad. Parecía que volvía a la vida, se olvidaba de su pesimismo por estar en paro, por tener que cuidar de la casa hasta que volviese Lily del trabajo, no le gustaba beber, no fumaba, solo estaba ansioso día tras día hasta la desesperación.

Un mórbido sentimiento despertó las ganas de encontrarse con la vecina en cuestión. ¿Se la pegaba al marido? Ese pensamiento cruzaba como un rayo a su fatigosa mente. Bajó despacio las escaleras. Nunca se había fijado en la mujer, sabía que era de buen ver, como su Lily, quien iba limpiando casas. Trazó un plan de espionaje, necesitaba saber qué y quien era esa mujer. Husmeaba por los últimos pisos y el tejado, volvió a escucharla reír, y esa risa le llamaba mucho la atención, pero no sacó nada en claro. Eso sí, cuando ella salía de casa, él intentaba seguirla. Le parecía atractiva.

No había nada sospechoso en las salidas de la vecina. No pudo saber si alguien subía a su piso y pronto se cansó de jugar a detective. Entró en casa. Puso la lavadora y de entre la ropa blanca se había enganchado un tanga color rosa desconocido para él. ¿Lily? Si ella no usaba esas cosas…