ANSIEDAD

Respiró hondo mientras miraba a los tejados que formaban una masa cuadriculada hasta el horizonte. A veces pensaba en dejarse caer al vacío, pero nunca tenía el valor suficiente. De pronto escuchó la risa alegre de la vecina del último piso. De puro aburrimiento abrió los oídos para enterarse del motivo de tal contento.

-¡Qué cosas me dices! -rió de nuevo la mujer. -El lunes se va, tendré más tiempo para ti.

Era evidente que hablaba por teléfono. ¿Quién se iba el lunes? Le comenzó a picar la curiosidad. Parecía que volvía a la vida, se olvidaba de su pesimismo por estar en paro, por tener que cuidar de la casa hasta que volviese Lily del trabajo, no le gustaba beber, no fumaba, solo estaba ansioso día tras día hasta la desesperación.

Un mórbido sentimiento despertó las ganas de encontrarse con la vecina en cuestión. ¿Se la pegaba al marido? Ese pensamiento cruzaba como un rayo a su fatigosa mente. Bajó despacio las escaleras. Nunca se había fijado en la mujer, sabía que era de buen ver, como su Lily, quien iba limpiando casas. Trazó un plan de espionaje, necesitaba saber qué y quien era esa mujer. Husmeaba por los últimos pisos y el tejado, volvió a escucharla reír, y esa risa le llamaba mucho la atención, pero no sacó nada en claro. Eso sí, cuando ella salía de casa, él intentaba seguirla. Le parecía atractiva.

No había nada sospechoso en las salidas de la vecina. No pudo saber si alguien subía a su piso y pronto se cansó de jugar a detective. Entró en casa. Puso la lavadora y de entre la ropa blanca se había enganchado un tanga color rosa desconocido para él. ¿Lily? Si ella no usaba esas cosas…

 

ESPERANZA

Él esperaba sentado en uno de los asientos de la sala llena de gente con a saber qué historias angustiosas de cada cual. Había venido con ella en la ambulancia, se la habían llevado corriendo al quirófano dado la gravedad de su estado. Tirarse desde un cuarto piso significaba una muerte segura, pensaba él cuando la empujó. Llamó al 112 para protegerse, dejó la comida sobre el fogón pequeño como coartada. Desde hacía dos horas recorría nervioso el largo pasillo arriba y abajo, hasta que se obligó a sentarse. Aguardaba impaciente el informe médico con la esperanza de ver la cara apenada del cirujano.

El doctor, todavía vestido de verde, le llamó con una amplia sonrisa:

-Prepare champán, la vida de su señora no corre peligro aunque nunca va a ser la misma de antes. Hemos tenido suerte, le doy la enhorabuena. Acompáñeme, ya está en planta cuatro.

Ella parecía estar todavía bajo los efectos de la anestesia. Pero su cara era otra. Se parecía, sin embargo había cambiado. Al mirarla sin reconocerla del todo, el cirujano dijo que habían tenido que hacerle una cirugía plástica facial de recompensación por lo destrozado que había tenido el rostro.

Desde el umbral de la habitación un desconocido le invitó a seguirle para un interrogatorio.

LA SEÑORITA MALLEY

Dicen que la señorita Malley, entrada en años, murió de pena porque su novio nunca volvió de la guerra del Vietnam. Eso no es verdad, contestó otra vecina. Murió porque su corazón no aguantó los muchos kilos de más. Se pasaba la vida comiendo lo que le traían cada día del supermercado. Ella nunca salía. Y nadie del barrio recuerda ningún novio soldado. Así que lo que dicen es pura invención de gente desocupada.

Discutieron sobre eso y aquello mientras abandonaban caminando el cementerio y nadie se percató de que ningún otro habitante jamás se ocupó de la señorita Malley. Sabían que vivía sola en la calle Lonelyness número 13 de Blackhills. No tenía siquiera mascotas, pero el repartidor de periódicos pasaba cada mañana a dejarle un ejemplar en el buzón. Cuando llegó la ambulancia ya era demasiado tarde. Se rumoreaba que todavía fue ella la que llamó a la policía para pedir auxilio.

Unas semanas después la casa fue ocupada por unos parientes lejanos que se dejaban ver a menudo, saludando con simpatía a la comunidad. El secreto de la vida de la señorita Malley y su fallecimiento quedó enterrado bajo una preciosa lápida de mármol.